Prólogos

La problemática de la impunidad, coexistente con la represión política de la dictadura, fue luego convalidada mediante diversos instrumentos legales por los gobiernos constitucionales posteriores. A partir de esto, se extiende actualmente a los más diversos ámbitos del poder y ha pasado a constituirse en uno de los grandes temas que discute nuestra sociedad.

Nuestro abordaje, como trabajadores de salud mental, intenta dar cuenta de su incidencia en el plano psicosocial y en la subjetividad. En este sentido, este libro recoge nuestra experiencia realizada, en los últimos años en el Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial (EATIP), así como la que hemos desarrollado previamente en el Equipo de Asistencia Psicológica de Madres de Plaza de Mayo, desde el comienzo de la dictadura.

Este libro reconoce continuidad de autores y de ideas con Efectos psicológicos de la represión política.

Compartimos en nuestra historia personal una preocupación por utilizar nuestros instrumentos conceptuales para comprender los aspectos psicológicos presentes en el conjunto de la problemática social de nuestra época.

La experiencia nos demuestra por otra parte, cada día más, que el psiquismo se construye no sólo en el interior de un vínculo intersubjetivo, sino en una relación también de interioridad, de apoyatura, en relación al marco social.

Somos conscientes de que los sistemas de opresión social requieren del aporte ideológico, científico y técnico para implementar y desarrollar los mecanismos de promoción del consenso social necesario para garantizar el control social.

Pero somos también conscientes de que, como trabajadores en salud mental tenemos también la posibilidad, desde un posiciona-miento ético e ideológico, de asumir —compartiendo con muchos otros colegas— un esfuerzo e interés común en producir una lectura comprometida de tos fenómenos psicosociales que den cuenta, desde un ángulo crítico, de las crisis y las posibilidades transformadoras en el movimiento social.

Queremos expresar nuestra gratitud a Hebe de Bonafini, Inge Genefke, Rene Kaës, Adolfo Pérez Esquivel, Janine Puget y Lía Ricón por el valioso aporte realizado con sus prólogos a este libro, aporte que por otro lado se corresponde con sus trayectorias, las cuales en los diversos planos de sus actividades exceden todo comentario.

También queremos agradecer todo lo que nos han enseñado aquellos que aun en las condiciones más adversas han participado y participan, de una u otra manera, en la resistencia al terror y la opresión.

La posibilidad de historizar, de construir la memoria colectiva implica no un mero recordar sino posicionamientos decisivos para el presente y el futuro. Este es el sentido principal de nuestro libro.

Los autores - Noviembre de 1994

 

Escribir algunas líneas para este libro me resulta bastante difícil, primero porque el contenido es muy vivido, nos pasó por nuestro cuerpo, nos inundó a veces, nos aplastó, otras nos indignó pero nunca nos quebró la voluntad de lucha.

Diana, Darío, Lucila, Daniel vivieron muchos años junto a nosotras, compartiendo dolores, alegrías y luchas. Cuando nos desvinculamos del equipo lo hicimos sólo desde la razón, no desde el corazón.

Por eso me encuentro ahora escribiendo mis impresiones sobre este libro, que me emocionó por lo profundo, veraz y comprometido.

El Equipo Argentino de Trabajo vuelve a instalar así un debate tan necesario en nuestra sociedad, la impunidad, que como to­dos sabemos es la que hace posible que muchos crímenes se vuel­van a repetir. Pero también asegura a bis que gobiernan la aplicación del plan económico y la continuidad en el poder.

Cada página revela un estudio profundo, una realidad que no es pasado y la certeza de que aunque muchos dicen que no se debe, ellos nos demuestran que se puede.

Cuando pasen los años esta historia tendrá varios enfoques, pero el mundo ya sabrá que nuestra lucha inclaudicable es por la vida, y que no la hacemos solas.

Asociación Madres de Plaza de Mayo
Hebe de Bonafini
Presidenta

 

Me siento muy conmovida y al mismo tiempo honrada por haber sido propuesta para escribir un prólogo al segundo libro de nuestros eminentes colegas argentinos. Diana Kordon, Darío Lagos, Lucila Edelman y Daniel Kersner.

La horrible situación que sobrellevó la Argentina durante una bestial dictadura, cuyo poder estaba basado en tortura y desapariciones, es muy conocida por todos. La misma llevó a una inevitable brutalización de la sociedad con las siguientes consecuencias: aislamiento de la gente que sufrió, los sobrevivientes de la tortura y sus familias, y los familiares de los desaparecidos.

Es por esto que siento que es un gran evento, que todos podamos tener la oportunidad de aprender nuevamente en profundidad de la gran experiencia de los miembros del EATIP, un equipo con conocimiento y valentía.

A través de los años, los autores han subrayado siempre la responsabilidad ética de la profesión médica al asistir a los sobre­vivientes de la tortura en la rehabilitación, una rehabilitación que no es sólo médica sino también moral y financiera, como está remarcado en la Convención contra la Tortura de las Naciones Unidas (artículo 14). '

Esto no ha sido una tarea fácil. Para ellos no han sido sólo palabras, ha sido una acción continua y valiente durante todos estos años.

El hecho importante de que hayan participado médicos en la tortura —y el problema de la impunidad que benefició a estos médicos, así como han sido beneficiados casi todos los torturadores— es también una preocupación de nuestros colegas argentinos.

El silencio de la sociedad argentina sobre este grave proble­ma, lo que se agregará a la brutalización de la sociedad por parte de la dictadura anterior, ha sido analizado profesionalmente y fue también profesionalmente condenado como un hecho bárbaro e inhumano.

Es mi deseo que este libro sea leído por todos los médicos, psicólogos y otros profesionales de la salud en la Argentina, y sinceramente espero que sea traducido a muchos idiomas, para que, de esta forma, colegas de todo el mundo puedan beneficiarse con el humanismo, profesionalismo y coraje de nuestros colegas argentinos, lo que ha sido demostrado no sólo con palabras sino, mucho más importante, con hechos.

Ellos fueron desafiados en las más difíciles situaciones, y tas afrontaron profesionalmente con una actitud ética. Por esto, ellos merecen la gratitud y el respeto de toda la profesión médica.

Inge Genefke, Directora Médica del IRCT

(Consejo Internacional para la Rehabilitación de Víctimas de la Tortura)

Dinamarca,  15 de noviembre de 1994.

Agradecemos la traducción de Laura Azcoaga.

 

La impunidad, amenaza contra lo simbólico

La impunidad del crimen cuestiona fundamentalmente lo que sostiene en la vida social y en la vida psíquica la necesidad del Derecho, la necesidad de decir la ley.

La necesidad de decir la ley

Decir la Ley es. En primer lugar, reconocer los conflictos y las contradicciones que oponen a los hombres considerados como individuos, y a los grupos en los cuales hacen prevalecer sus intereses comunes y divergentes respecto de otros grupos. Es precisar lo que está en juego en estos conflictos y la violencia que pretende tratarlos; es decir, definir las modalidades de resolución.

En la medida en que el Derecho es un acto de palabra, se opone a la violencia del cuerpo a cuerpo, es testimonio del contrato social, que no es otra cosa que el intento de resolver a través del lenguaje y de la palabra entredicha lo que de otra manera quedaba librado a la violencia del cuerpo a cuerpo. Este desvío necesario a través de la lengua y el habla implica renunciar a la satisfacción directa de los objetivos pulsionales para fundar una comunidad de derecho, y la posibilidad misma de la cultura* Este es uno de los temas mayores de la antropología psicoanalítica freudiana: el encuentro violento y humanizante con esa doble necesidad del desvío y de la renuncia impuesta por lo prohibido.

Garantizar la función simbolizante

El derecho garantiza la obra de cultura y civilización. Garantizar esta obra es reconocer su fragilidad y el necesario trabajo de consolidación que exige. Es también confrontarse a la hiriente e impensable deriva que en el hombre es parte inseparable de sí mismo, lo que denunciamos como inhumano. Para tener sentido y sostener las condiciones del devenir humano, el derecho contribuye, junto con la ética, a asegurar los marcos sociales de lo simbólico.

Para nosotros el derecho representa —y actúa como— el fundamento externo de la Función simbólica intrasubjetiva. Es por eso que en la perspectiva freudiana esta Función se halla estrechamen­te articulada con la formación y las funciones del superyó.

De las dos Funciones principales del superyó, una es represi­va, la otra estructurante, pero la segunda sólo se realiza bajo ciertas condiciones de la primera. Lo explicitaremos así: lo prohibido y la represión que sanciona su transgresión vehiculizan efectos estructurantes sólo si abren al sujeto la posibilidad de pensarse como sujeto de un deseo. En este movimiento que le da acceso a la representación de lo que lo constituye en su relación con el otro, con los otros, el sujeto tendrá que hacer el duelo de la omnipotencia: sólo bajo esta condición podrá trabajar su propio proceso de historización. La represión que se opera en él bajo el doble efecto de las necesidades intrapsíquicas y lo que le es transmitido de lo reprimido del otro abre acceso a la memoria y a la capacidad de recordar. La represión actúa así contra el olvido profundo que instituye el clivaje. Si la represión es necesaria para que se engendre la memoria, salvaguardia del futuro, la impunidad hace imposible la operación. No hay futuro cuando prevalece el olvido.

Anomia social y disociación del sentido

Para comprender la significación de un régimen de impunidad es necesario remontarse en el análisis hasta las situaciones que los sociólogos, de Durkheim a Merton, designaron con el concepto de anomia. Describieron de esa manera las disociacio­nes múltiples en lo social y en su expresión política, que engendran las fracturas del lazo entre los miembros de una sociedad y que producen conductas gravemente delictivas. El análisis de la anomia permite comprender, más allá de la simple represión, qué tipo de causas las generaron, cómo se produjo la ruptura en las reglas y en la estructura sociocultural que gobiernan las relaciones entre los individuos y los grupos. La anomia incluye la impunidad, testimonia la grave disociación de las relaciones sociales y de sentido que mantienen la inteligibilidad de esas relaciones.

La necesidad de castigo sólo se sostiene en esta exigencia de mantener la obra de cultura y de civilización, para garantizar las condiciones metapsíquicas de la vida psíquica: para que cada uno pueda vivir con suficiente goce de placer, amor, juego, trabajo, pensamiento, creación: el castigo cierra el paso a la venganza, fundamento de la repetición del crimen, activador de procesos de disocia­ción social. Por el contrario, la impunidad busca su resolución por la repetición y la retorsión, o la autorretorsión, es decir en la destrucción sinfín.

Como despojo del derecho, la impunidad ataca el orden simbólico, amenaza y ataca lo que funda la comunidad. Lo que destruye la impunidad instituida del crimen es no sólo la distinción fundante de lo legal y lo ilegal, sino la de la ética, de lo moral y lo inmoral pero sobre todo la psíquica, lo prohibido y el deseo. El deseo no se puede estructurar sin prohibición y sin la sanción de su transgresión. Cuando estas distinciones se suprimen, el sentido no se puede constituir ni transmitir.

La violencia abismal de la impunidad en las catástrofes "modernas"

Es necesario denunciar la violencia abismal de la impunidad: la misma somete triplemente al arbitrio del otro, a su poderío, al someter a la víctima a la violencia natural del cuerpo a cuerpo; al exigirle que se aliene a la ley del más fuerte; al obligarla a ofrecerse como víctima emisaria del crimen impune. La impunidad engendra los chivos emisarios: son buscados y designados para tomar el lugar del conocimiento de la falta y del arrepentimiento.

Se comprenderá mejor el marco psíquico de la impunidad al leer esta obra que toma ampliamente en cuenta el impacto de ese desfallecimiento profundo del proceso de simbolización en las situaciones traumáticas graves. Los autores muestran claramente cómo y por qué "la impunidad refuerza el miedo a la reaparición de la situación traumática". La naturaleza de los traumatismos psíqui­cos infligidos y vividos en tos conflictos aún actuales en la ex Yugoslavia confirman en más de un aspecto los análisis de esta obra, y desgraciadamente lo sucedido en Ruanda, en Sudán y en otras regiones del mundo. Un carácter específico de los traumatismos asociados a las torturas y a las masacres en la ex Yugoslavia es la exigencia de los verdugos de constituir como testigos de sus crímenes a los familiares de las víctimas. Estas técnicas de la tortura incluyen sistemáticamente un objetivo de destrucción de la vida psíquica. No se trata sólo de hacer del testigo pasivo una segunda víctima identificada con la primera, se trata también de fisurarlo de la víctima, de volverlo cómplice del verdugo, en suma de operar una colusión de la víctima, del testigo y del verdugo en un mismo acto donde se fundan en una amalgama aterradora todos los deseos de crimen. De este modo, se mantiene el terror, y se eterniza el ciclo diabólico que hace de los sobrevivientes los perseguidores-perseguidos de los muertos dejados sin sepultura.

El traumatismo vivido en las catástrofes sociales destruye la confianza y, como desastre supremo, vuelve a las víctimas ajenas a una historia que no pueden hacer suya. El trabajo fundamental consiste en sustituir el silencio de la experiencia, irrepresentable y la repetición que restablece sin cesar la carga del acontecimiento traumático, la rememorización y el consentimiento al silencio: porque el drama catastrófico queda sin enunciado. Sólo entonces la memoria externa, el memorial colectivo, la historia siempre a la búsqueda de su sentido puede, más allá de la repetición y del silencio de la muerte, proteger contra el resurgimiento del horror y abrir algunos apoyos para decir, con palabras prestadas, algo de su verdad.

La impunidad, fracaso del proceso de justicia y del trabajo de historización

La impunidad es sin duda el rechazo del juicio, del proceso de justicia y de verdad, pero también del proceso del restablecimiento del sentido.

Una de las funciones del juicio es suprimir las resistencias para poder acordarse y hablar; de esta manera nuevos materiales de la memoria están disponibles para el trabajo de la historización. Permítanme retomar aquí el análisis que ya propuse en el trabajo colectivo "Violencia de Estado y psicoanálisis": sostenía que no hay institución, no hay sociedad sin memoria, sin trabajo de historización. La negación de la memoria y de la historicidad crea las sociedades que sostienen las utopías criminales. El estudio de estas sociedades muestra cómo actúan en la práctica mecanismos análogos a los de la forclusión, de la denegación y de la proyección paranoica. El "no te acuerdas" no está destinado en este caso a la represión del horror, sino a la anulación de la historia y de la experiencia. La orden sólo sirve para mantener el poder del horror y del aniquilamiento del pensamiento. Así como la estrategia del poder en las situaciones de catástrofe social busca reprimir toda manifestación de la realidad psíquica, destruirla o pervertirla, de la misma manera busca sustituir en la memoria colectiva aquellos enunciados sobre la historia que sean capaces de legitimarla. Impone por la fuerza un contrato narcisista y un pacto denegativo perversos.

Aparece de esa manera otra fundón mayor del proceso de justicia: la de restituir la referencia hacia un tercero. La condición de toda resolución justa es que ninguno de los sujetos implicados en el crimen pueda seguir refiriéndose sólo a él mismo para hacer Justicia. En esta medida, el castigo no acusa tanto el pasado sino que libera el futuro.

Rene Kaës

15 de octubre de 1994 • Agradecemos la traducción de Christine Legrand.

 

El investigador Josué de Castro, en su obra La geografía del hambre, sería/a que hablar de ciertos temas tabúes es peligroso e inconveniente. Tal es el "hambre". Un problema que toca las estructuras políticas impuestas por los gobiernos y muchas veces por los centros internacionales de poder.

Podemos hablar del hambre y compadecernos de las victimas y dar alguna limosna para salvar nuestras conciencias y culpas, esperando que otros solucionen los problemas.

La condición humana es compleja, tiene matices diversos que nos asombran permanentemente, en las relaciones personales, sociales y culturales, que muchas veces nos sacuden profundamente, por lo hermoso o por lo aterrador, y por los conflictos que conllevan para la vida de los pueblos.

Algo semejante ocurre con nuestro pueblo, con su comportamiento y actitudes. No todo es blanco o negro, bueno o malo.

Si existen muchos tabúes, como lo señala Josué de Castro, bucear en esas problemáticas es desafiante y peligroso; en el caso de los Derechos Humanos, las graves violaciones y sus consecuencias y secuelas en las personas y la sociedad, el desafío es de significativa importancia.

Los autores abordan la problemática desde la medicina, en el campo de la psicoterapéutica.

El trabajo que vienen realizando y las experiencias de años avalan la seriedad y profundidad de las investigaciones que integran este libro.

Hoy es común que, desde los medios de comunicación y las esferas oficiales, se trate de silenciar las problemáticas no resueltas desde la época de la dictadura militar, la situación actual, la falta de justicia, la impunidad. El pueblo vive un estado de indefensión jurídica y existe un reclamo creciente de la sociedad, una exigencia de justicia. Es necesario tener claro que sobre la impunidad no se puede construir una democracia real.

Las consecuencias que tiene la impunidad., no sólo la de los crímenes cometidos durante la dictadura, sino también la de la corrupción de (os funcionarios que gozan de total impunidad, llevan a una crisis de credibilidad de la política, de las instituciones.

Hoy se dice que vivimos en democracias, pero en la práctica son más formales que reales. Los hechos ponen en evidencia las prácticas de la policía de gatillo fácil, las acciones represivas, fundamentalmente contra los jóvenes, pero también para hacer frente a los estallidos sociales motivados por la desocupación, la marginalidad a que se ven sometidas las dos terceras partes de la población por las políticas neoliberales impuestas, los ajustes, capitalización, privatizaciones, etcétera.

Los autores del libro van desarrollando un análisis medular de las consecuencias de estas políticas donde se genera la culpabilidad de las víctimas ("por algo será", "algo debe haber hecho"), entre otros muchos interrogantes y supuestos.

En nuestra sociedad se trata permanentemente de generar la "suspensión de la conciencia", descalificar a las victimas y lograr así un consciente colectivo sometido. Esto es, la alteración y pérdi­da de los valores, no asumir la responsabilidad, delegarla en los que mandan o simplemente seguir la corriente en la que, si todos lo hacen, ¿por qué no puedo hacerlo yo? Esta autopregunta no resuelta lleva a la crisis social, al descreimiento en las estructuras actuales pero también a repensar la situación de vida del pueblo, para generar nuevas alternativas a partir de la memoria histórica.

Hacer memoria no significa quedarse en el pasado sino ayu­dar a iluminar nuestro presente para poder construir la conciencia crítica, la recuperación de valores que hacen a la vida, la cultura, la identidad, cuando el pueblo deja de ser espectador y asume su protagonismo histórico.

Este libro apunta en esa dirección, profundiza en las vicisitudes de nuestro pueblo, y llama a la reflexión y al compromiso.

Adolfo Pérez Esquivel
Septiembre de 1994

Un nuevo encuentro con amigos y colegas

Cuando Diana y Lucila me invitaron a prologar el segundo libro escrito por ellas y otros autores me sentí contenta y halagada. Rápidamente me invadió el peso de la responsabilidad que podría Implicar acompañarlas nuevamente, como ya lo hiciera años atrás cuando publicaron su primer libro. Conozco a los autores de esta obra desde hace muchos años y hemos compartido con algunos de ellos experiencias que dejan marcas profundas. Los he visto transitar por aquellas franjas en las que hay que hacerse un camino solo, no tanto por falta de otros yo comprometidos por los mismos intereses, sino más bien porque son franjas en las que la soledad proviene de la falta de teorías, de la ausencia de un marco referencial seguro, al fin de alguna manera porque son zonas en las que estuvieron y estuvimos en algún momento solos. Sin embargo, y por suerte, hace ya algunos años que no estamos tan solos. Una manera de elaborar el terror sin nombre, la anomia, la ajenidad. ha sido escribir, producir diversos actos científicos. trabajar con técnicas creadas para cada circunstancia, articular espacios mentales heterogéneos como lo son los espacios intra-, inter- y transubjetivos, y reconocer no sólo la transmisión genocida sino los nuevos ropajes de tantos para inscribirse en el espacio en el cual vivimos.

El presente trabajo denota el trayecto conceptual recorrido. Es una nueva elaboración, algo así como un paso de mayor profundidad a las ideas y problemas ya formulados hace años, pero que ahora se van diseñando con más claridad. No sólo aportan más comprensión sino que quedan más claras las dificultades y la inmensidad del terreno por develar.

Este libro es también un testimonio y un recordatorio que mantiene viva la memoria. Los relatos de las experiencias ocurridas durante el terrorismo de Estado y de las que fueron consecuencia de éste siguen teniendo la misma fuerza vivencial: por momentos cuesta leerlos, pero es necesario leerlos, es necesario no olvidar. El impacto emocional aparece con la misma fuerza que antaño.

Además el libro se inscribe en una línea central que es el análisis de la impunidad, a la cual los autores califican, entre otras conceptualizaciones, como segundo estimulo traumático. La denuncian, y ello es una etapa imprescindible sin la cual no es posible ir más adelante. Luego estudian sus múltiples transformaciones y manifestaciones. Estas puntualizaciones nos abren líneas futuras de investigación a las que no podemos ni debemos sustraernos.

Denuncian también el escepticismo de las generaciones actuales que vivieron en edad escolar el terrorismo de Estado. Denuncian los nuevos ídolos e ideales fanáticos y nos alertan sobre las nefastas consecuencias que éstos tienen en la mente.

Asimismo, se ocupan del nuevo grupo de afectados por agre­siones policiales, abriendo de esta manera nuevos espacios terapéuticos de ayuda social.

Resultan también muy importantes las reflexiones sobre el racismo y el rastreo histórico que hacen del mismo. El racismo toma diferentes formas relacionadas con la herencia cultural. Aquí, en la Argentina, aparecen entonces términos como cabecitas negras, in­dios, indígenas, que nos es fácil reconocer como integrantes de minorías perseguidas y maltratadas.

En uno de los capítulos Vivian Bird alude a las dificultades que experimenta el analista cuando se encuentra atendiendo a torturadores, lo que lo lleva a conocer el horror del horror. Es un tema que hemos debatido en muchas ocasiones con diferentes apasionamientos. No lo hemos resuelto ni creo que lo resolvamos. Pero lo cierto es que nos pone directamente en contacto con nuestras paradojas, los límites de la analizabilidad, cuestiones éticas, un sinnúmero de cuestiones que esta obra suscita en todos nosotros.

Es difícil conseguir mantener un equilibrio adecuado entre memoria y olvido necesario, entre recuerdo elaborativo y recuerdo estéril entre repetición y creación, entre pasado y futuro. Es difícil transformar en experiencia lo que aún nos tortura. Sin embargo, este libro, como todo lo escrito acerca de estos temas, denota que es posible.

Pero además escribo este prólogo pocos días después del atentado de la calle Pasteur. El atentado del 18 de julio de 1994 nos conmovió a todos, volvió a hacer aparecer el horror, el terror, imprimió una cualidad diferente al transcurrir de los días. Las experiencias analizadas, las que hemos vivido muchos de nosotros, nos permiten entender más rápidamente que antes cómo ayudar a los afectados. Ello nos debe impulsar a seguir investigando, a seguir ocupándonos del horror para tratar de ponerle nombre o por lo menos para saber cómo transformar aquellas zonas sin palabras, llenas de un silencio aterrador que abren pozos de muerte como el que se abrió en la calle Pasteur. Esperemos que no se silencie, que el pozo no se ahonde.

Janine Puget. Agosto de 1994

 

Acepté, antes de leer el texto, contribuir con algunos párrafos para prologar este libro. Emitiendo que establezco así mi tal vez muy ineficaz presencia en la lucha por conseguir los gestos oficiales que todos esperamos, los psicoanalistas para poder trabajar mejor en una sociedad con garantías constitucionales, los damnificados directos y los indirectos (que somos todos), para no vivir con el recelo de tropezamos con los torturadores de todo tipo en cualquier lugar de nuestro recorrido ciudadano.

No hace falta mencionar aquí lo que ya está desarrollado en los trabajos, sobre las consecuencias psicológicas de vivir en un lugar en el que existe la figura del desaparecido. Tal vez sí me importe especificar que, desde esta perspectiva, el número no es el dato más significativo. La desaparición de personas se patentiza con una o treinta mil situaciones. Lo que cuenta es que si existen desaparecidos, y los efectores están impunes, los adultos perdimos las imágenes paternas y maternas que nos debería dar la sociedad por medio de los representantes de las leyes (Poder Judicial, cuerpo de policía). ¿Dónde está la figura del agente de tránsito amigo que hace cruzar una avenida a los niños que salen de la escuela? ¿Dónde está el sentido de la letra de tango "...me pongo al lado del botón"...? El imaginario argentino se empobreció de esas imágenes protectoras. Todos pueden haber sido los torturadores, los asesinos que mataron fuera de la ley. Todas las fantasías de los niños de no ser hijos de quienes dicen ser sus padres también se alimentan del robo de niños y de la impunidad de los apropiadores.

El texto escrito quedará ahí y será un referente para quien quiera enterarse, para quien se tope con él en una librería. Será un modo de trabajar contra la negación, será una contribución a un anónimo juicio Russel.

Vaya entonces mi felicitación a los esforzados autores que continúan esta lucha a través de la palabra.

Lía Ricón. 21 de agosto de 1994